Road to Perdition
Descripción narrativa de un fragmento de la película Road to Perdition.
Hacía mucho frío, era
de noche, muy pocos faroles alumbraban la calle y solo se escuchaba la lluvia
caer. Del bar salió caminando con tranquilidad el Patrón junto a sus
guardaespaldas, quienes lo cubrían con paraguas para que no se mojara demasiado
su traje, su sombrero y su gabán de paño negros, como el de ellos. Cruzaron la
calle descoordinadamente hacia el carro, donde aguardaba el conductor. La
lluvia no dejó oír sus pasos. Cuando llegaron al carro, el Patrón tocó la
ventana de la puerta con los nudillos para que el conductor le abriera, como de
costumbre, y al no ver respuesta, apretó la manigueta de la puerta para
abrirla, pero se encontró con una puerta asegurada y un conductor que caía en
la cabrilla inconsciente. En ese momento, y como verificando algo que ya
esperaba, miró y buscó algo a su alrededor. Antes de que encontrara ese algo, o
ese alguien, Alirio comenzó a descargar su fusil desde la distancia, solo era
posible notar de dónde venían las balas por la proyección de luz que hacía el
arma al disparar. Fueron cayendo uno a uno los guardaespaldas, sin
inconveniente alguno, con proyectiles que interceptaban hasta sus paraguas,
mientras el Patrón aguardaba de espaldas a Alirio y agarrado a la manigueta
fría del carro, esperando con paciencia que le disparara a él también. Ya con
nadie que pudiera resguardarlo siguió esperando, agarrado de la manigueta,
mientras Alirio llegaba hasta donde él estaba, con la cabeza gacha y el agua
deslizándose sincronizadamente por su sombrero. En esta ocasión sí se
escucharon los pasos con cautela de Alirio, el Patrón soltó la manigueta y,
cuando lo sintió suficientemente cerca, se giró y miró con tristeza y
desencanto al hombre que le cobraría la vida. Como últimas palabras, escogió
decirle que le alegraba que fuera él, detrás del fusil. Con resentimiento y
arrepentimiento en su mirada, Alirio esperó unos pocos segundos para acomodarse
el fusil y finalmente halar el gatillo. Descargó la cámara completa en el
Patrón, y lo observó caer al suelo. Contempló su cuerpo varios segundos más y
luego se percató de los ojos chismosos de los vecinos que residían en los edificios
que rodeaban el lugar, y que observaban a través de las ventanas y las cortinas.
La lluvia no paraba y Alirio ya no tenía nada más que hacer en el lugar y se
alejó caminando sin afán, dejando atrás todos los cuerpos inmóviles y mojados.
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