Grillo y lagartija

El salón, aunque grande, estaba espacialmente ocupado en su mayoría -con sillas largas de madera-. En las paredes solo habían dos lámparas pequeñas, apagadas y que no tenían nada que ver con la decoración. Estaba tarde, y hacía mucho calor. Era un sector residencial donde no se escuchaba ni el más mínimo canto de grillos o lagartijas. Siempre que entraba olía el polvo, la tierra, el descuido, la impersonalidad. La única pequeña ventana que había, tenía una persiana en algunos lugares quebrada, con líneas faltantes. Esos espacios en la persiana, dejaban entrar la luz tenue de los faroles de la calle que reflejaban un naranjado perezoso. El lugar estaba solo, con su persiana dañada, y no podía verse mucho. No hacía falta tampoco, conocía el lugar en detalle y esperaba estar ahí solo por unos pocos minutos -mientras él entraba al baño-, ni siquiera se me ocurrió contemplar la atmósfera. Ya nos dirigíamos hacía la puerta del salón para salir cuando se giró y me agarró con descaro la nalga e intentó besarme. Me imaginé en algún momento que eso iba a pasar, así que me reí y lo evadí sin pensarlo. Porque, así como seguramente planeó ir al salón, así mismo yo me imaginé tener sexo allí. Insistió en tener un encuentro sexual en la silla del centro del salón, donde caía perfectamente la luz y que parecía puesta ahí a propósito, pero me negué con una pregunta: ¿con quién es que has tenido sexo aquí ya? Respondió que con su novia y así él mismo se deshizo de la idea. Mientras esperábamos nuestro transporte, decidió preguntarme cuál era la verdadera razón de haberlo rechazado, y con el montón de aire que tomé para responderle, se dio cuenta que era algo que iba a generar una discusión, así que volvimos al salón, nos sentamos en la silla del centro y comenzamos la conversación. Los detalles me harían escribir una novela, les resumiré diciendo que a pesar de ambos tener argumentos para no hacerlo, él seguía buscando la manera de que yo aceptara. Sin terminar de discutir, sin llegar a conclusiones, sin resolver tantas dudas y sentimientos, decidí insistir en irnos, y el camino a casa simplemente fue monótono y absurdo. Al final, ese salón solo se convertirá en un mal recuerdo, en un lugar en el que sigo queriendo no estar, en el que sigo queriendo no pensar, por él, por mí, por su novia, por la confusión, por el amor, por la resignación, por criterio. Igual, le agradezco que haya planeado llevarme a ese oscuro lugar en ese momento, porque así no fue posible, para él, notar cómo cada palabra que dijo fue la muerte paulatina de los sueños que alguna vez compartimos y de una unión espiritual que cada vez arde menos, pero que sigue quemando.

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