Grillo y lagartija
El salón, aunque grande, estaba espacialmente ocupado en su mayoría -con sillas largas de madera-. En las paredes solo habían dos lámparas pequeñas, apagadas y que no tenían nada que ver con la decoración. Estaba tarde, y hacía mucho calor. Era un sector residencial donde no se escuchaba ni el más mínimo canto de grillos o lagartijas. Siempre que entraba olía el polvo, la tierra, el descuido, la impersonalidad. La única pequeña ventana que había, tenía una persiana en algunos lugares quebrada, con líneas faltantes. Esos espacios en la persiana, dejaban entrar la luz tenue de los faroles de la calle que reflejaban un naranjado perezoso. El lugar estaba solo, con su persiana dañada, y no podía verse mucho. No hacía falta tampoco, conocía el lugar en detalle y esperaba estar ahí solo por unos pocos minutos -mientras él entraba al baño-, ni siquiera se me ocurrió contemplar la atmósfera. Ya nos dirigíamos hacía la puerta del salón para salir cuando se giró y me agarró con descaro la nalga ...