Conejitas


Andrea tiene 20 años, trabaja en Conejitas Grill, junto al Parque Berrío, para mantener a su madre y a su hijo de 4 años. Lo tuvo cuando apenas estaba en el colegio, junto con un hombre, en la época, “malo”; que al apenas saber del embarazo, huyó. Su hijo estudia en un colegio de monjas que solo va hasta quinto de primaria y queda en el barrio Picacho, donde viven. Conocimos a Andrea cuando disfrutábamos de uno de los espectáculos, se nos acercó de manera muy espontánea y nos preguntó porque estábamos solas, le contamos que necesitábamos hacer una entrevista y accedió. Nos contó que un amigo la llevó a conocer el lugar para que trabajara, ya que en ninguna empresa donde había presentado su hoja de vida la habían llamado, y desde el primer día que llego allí, comenzó a trabajar. Andrea no baila en la barra porque no le gusta que, al cobrar, todos puedan tocarla, entonces solo presta un servicio sexual. Dice que no tiene horario, va a trabajar cuando quiere, y su tarifa no es tan alta como la de algunas otras compañeras, en una noche mala se va solo con “lo de los pasajes”. Ella terminó el bachillerato y lleva varios meses trabajando, dice que quiere salirse de ahí y estudiar Gastronomía para montar su propia empresa. No tiene una relación estable ni pareja, nos contó que alguna vez intentó vivir con un hombre que la quiso sacar de allá y mantenerla, pero ella se enteró que era casado y no quería problemas con la esposa entonces volvió a prostituirse. Su mamá es la única que sabe en lo que ella trabaja y no le gusta, pero sabe que es la manera que tienen en este momento para mantenerse. Andrea dice que se puede comprar su servicio por media o una hora completa. Los meseros y trabajadores del lugar son quiénes las cuidan, dijo que nunca ha accedido a un trío porque le da miedo y le parece peligroso.
Ella tiene el cabello rojo, lacio y muy largo, un cuerpo proporcionado con senos pequeños y cadera grande, estaba vestida con jean blanco y blusa corta, cargaba con un pequeño bolso de mano en el que llevaba maquillaje y el dinero que iba ganando. Es de resaltar que era de las únicas que llevaba jean, sin ser este impedimento para que vieran sus cualidades, pero demostrando también aspectos de disgusto ante que los hombres pudieran tocarla fácilmente, como lo dicho por ella al explicar el por qué no bailaba en la barra.
Otro aspecto que manifiesta, después de mostrarnos los grupos de chicas en el lugar, es la existencia mucha rivalidad entre las trabajadoras porque ella no está operada, y tampoco le gustaría operarse, incluso dice que le echan muchos piropos y los hombres la admiran mucho por su naturalidad. Otra de las cosas de rivalidad es la falta de respeto, aclaró que hay muy pocos casilleros en los vestieres entonces a algunas les toca dejar sus pertenencias sin protección, y entre ellas se toman las cosas sin autorización y nunca más las devuelven, dice que no hay manera de poner problema a pesar de haber cámaras en el sitio.

Es de resaltar como estos bares se encuentran en ubicados en lugares donde pueden pasar desapercibidos, este en pleno Parque Berrio, rodeado de comercio, centros históricos, lugares de cultura y obras, turismo y hoteles; enseña cómo se combinan diferentes culturas y como quizás para algunos, sitios como este pueden pasar desapercibidos, pero para otros, como los clientes su ubicación es perfecta. 
La entrada de Conejitas Grill puede pasar desapercibido, tiene su portero, quien amablemente nos explicó la dinámica del lugar luego de contarnos que era viejo amigo del profesor Gregorio. Es una entrada pequeña en la que tienes que bajar aproximadamente diez escaleras y girar hacia la derecha para ver todo el lugar, es un ambiente fresco, iluminado con colores rojos y azules, no es muy amplio, pero caben un poco más de cien personas, lo primero que ves son las voluptuosas mujeres paradas en las entradas a los vestieres, luego la aglomeración de grupos masculinos tomando sus tragos, sentados en las mesas, justo visualizando la barra donde hacen los bailes y las hazañas en los tubos. Hay una política de consumo mínimo, una cerveza por persona por el precio de cinco mil pesos. Los espectáculos transcurren cada pocos minutos, ellas bailan encima de la barra aproximadamente dos canciones, con una rutina que parece preparada. No es un ambiente caliente, hay aire acondicionado, los baños son pequeños y todo el espacio huele a productos femeninos, a limpio. Entre espectáculo y espectáculo, el DJ toca temas musicales que inducen a tomar alcohol, como vallenatos y salsas, los shows suelen ser más con reggaetón y temas movidos, incluso nos sorprendieron con un tema de rock de la banda Rammstein. Entre los meseros, la técnica es aplaudir fuerte para llamar la atención de ellos y así atender a sus solicitudes, pueden ser mesas, tragos, etc. Los tragos se pagan apenas te los llevan a la mesa.
Cada tanto se escuchaba un sonido como especie de timbre, inicialmente pensamos que con esto se llamaban a las chicas que hacían el show en el tubo y la tarima, pero al salir después se comprendió que este sonido lo daba el portero después de que ingresara un cliente, esta noche se escuchó bastante, pues era día de quincena y el bar estaba bastante lleno. 
A simple vista se puede percibir los diferentes grupos de chicas, caracterizadas por estar ubicadas en ciertos lugares o por tener ciertas características físicas, que las distingue. Algunos grupos donde todas tienen algún tipo de operación, otras donde su característica es ser natural, otras que son joven en su aspecto; características que evidencian como en lugares como estos también existen distinción de clases, manifestadas aquí por características particulares de la razón de ser del lugar.
Un aspecto particular de los consumidores del lugar era que la mayoría tenía en sus mesas el consumo mínimo de cervezas bien sea individual o por jarra, los tragos fuertes eran ron o aguardiente pero eran muy pocas mesas que los tenían, pensaría que el consumo de cerveza era porque los hombres no iban a estar por mucho tiempo allí ya que la intención era buscar los servicios sexuales y disfrutar de los shows por corto tiempo. También el hecho de que el escenario donde las chicas bailaban no tuviera luces llamo la atención pues pocos escenarios no tienen iluminación y este era uno de ellos quizás por el ambiente bohemio o por no exponer tanto a las chicas y dar un toque más de sensualidad y misterio.

·         La percepción de esto lugares y de las personas, antes y después de conocerlos cambia. Al introducirnos en estos lugares, estar en el trabajo de analizarlo detalladamente tanto al espacio como a aquellos que lo habitan, cambian esos imaginarios previos que tenemos sobre el lugar y las personas, después vivir la experiencia se pueden aclarar dudas sobre, por ejemplo, el funcionamiento, los precios, el comportamiento de los clientes y las trabajadoras. Aspectos como la edad de Andrea impactan ya que como ella lo manifiesta, también pudiera estar desarrollando su carrera universitaria a esta edad, pero que problemáticas sociales como el desempleo y la escasez, hacen que para brindarle recursos a los suyos, ella deje de lado sus sueños y disponga de su cuerpo para poder salir adelante, esto nos da cuenta y muestra de que aunque algunas desarrollen el trabajo de la prostitución por gusto, ambición o costumbre; otras lo hacen por necesidad. Es así, como por ejemplo el tema de los prejuicios hacen parte de las reflexiones, ya que  al vivir este tipo de experiencias estos tienden a quedar de lado y dar parte a una mejor aceptación de los hechos reales que se dan en la sociedad, que muchas veces son juzgados, sin antes dar las posibilidades a abrir la mente al entendimiento del otro, de sus motivos, de sus pensamientos, de su manera de ver la vida, que aunque compartida o no debería ser aceptada. 
·         Una de las cosas más significativas a la hora de aventurarnos a la etnografía de la vida nocturna fue, para mí, la diferencia tan marcada en el juego de roles de las personas dependiendo de su género. Intentando hablar fuera de los prejuicios, lo cotidiano sería ver una cantidad considerable de hombres dentro del lugar, y muy pocas o ninguna mujer. Se evidencia no solo por la obviedad de haber notado esto en nuestras visitas, sino también por el trato del personal y los asistentes a una mujer que no trabajaba allá y que iba solo como espectadora, situación que vivimos Daniela y yo. Primero, se asombraban, esperaría yo que por la belleza y la juventud, cosas que podrían buscar en una mujer. Luego nos ven sentarnos y tomar un par de cervezas, con un trato amable y rápido de los meseros, como con exclusividad. Entonces, por último, creen y sienten el derecho a poder hablarnos, coquetearnos, piropearnos y hasta abrazarnos y recomendarnos mujeres y comportamientos propios del lugar. No fue una situación con la que me sentí particularmente amenazada o incómoda, pero que sí remarca las diferencias e imaginarios sociales sobre lo que debe hacer, pensar o como debe actuar un hombre o una mujer. 

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