Euforia

Ayer tuve que volver a la que fue mi habitación cuando tenía 6 años. Tuve que hacer mi visita mientras la niña que duerme en esa habitación estaba castigada por una de las tantas peleas que no pararía de tener con el hermano. Como castigo, no podía jugar y tenía que leer algo, pero esa sería la tercera vez que leyera Las Brujas de Roald Dahl, entonces decidió inventarse algo que hacer. Algo que siempre había querido aprender era a hacerse trenzas, nunca lo había intentado entonces sacó tres hilos de alguna parte y comenzó a experimentar por su cuenta. Ella aprendió sola, pero en esta ocasión, tuve la oportunidad de llegar a la habitación antes de que aprendiera y le di lo único que ella hubiera querido en ese momento, que en realidad no era aprender a hacer trenzas; sino que fuera su mamá la que estuviera ahí acariciándole el cabello mientras le explicaba cómo tejer su cabello de una forma bonita. 

Yo fui la mamá, yo fui mi mamá y abracé a esa niña que tuvo que crecer sola y que tuvo que cometer muchos errores para aprender cosas básicas en su vida (como perdonar). Me preguntó porqué estaba llorando, le dije que me parecía triste que pasara tanto tiempo castigada y ella sólo se río y me dijo que en realidad le gustaba cuando tenía tiempo sola porque así podía pensar en cosas nuevas para hacer, me limpió las lágrimas y ella se convirtió en ese momento en la mamá que desearía tener ahora, una que me diga que todo va a estar bien. En ese segundo las dos nos dimos las lecciones más importantes que no tuvimos, nos perdonamos y nos dejamos ir.

Ayer esa visita fue a mi niña interior porque necesitaba decirle que la entiendo y que la apoyo y porque necesitaba que ella me dijera lo mismo. Sentí que tuve la paz que no he conseguido hiriendo, que no he conseguido perdonando, que no he conseguido equivocándome, que no he conseguido queriéndome morir. Esa visita fue pura casualidad para mi burla a mi proceso de búsqueda de la paz interior, pero me enorgullece darme la oportunidad de crecer, de cambiar, de aprender, de aventurarme. Yo sigo sin ser perfecta, pero me lo perdono, sigo siendo odiosa, gruñona, vengativa, y también me lo perdono, pero lo quiero cambiar.

Ayer precisamente tuve que hacer esa visita para la construcción de Euforia, una payasita que surge de la burla a mi extremo mal genio y la imita en esencia. Euforia es la simplicidad que da risa, la chispa de lógica pesimista, con su expresión de inconformidad hasta cuando come lo que más le gusta, como si el mundo se fuera a acabar, siempre vestida de negro, siempre matando la pasión, arruinando los mejores momentos con creatividad; es tal vez ella el personaje y yo la que tome ciertas características a veces, no sé, de pronto para darme el chance de probar con otros varios sentimientos  y actitudes, probar construir de verdad la mejor versión, sacándole provecho a todo lo que he sido y he vivido, porque al fin y al cabo Euforia soy yo: la paradoja de personalidad más ambivalente en escenario.

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