Un amigo que nos quitó la vida
El día estuvo muy breve, no cruzamos muchas palabras, pero sí estuvimos todo el tiempo en el mismo espacio. Me saludó como de costumbre, estaba vestido como de costumbre, me abrazó como de costumbre y me preguntó lo que me suele preguntar.
Se sentía que andaba bajito de nota y todos sabíamos porqué, pero de alguna manera seguía integrado a las dinámicas del grupo: riéndose, hablando... Como persona ansiosa y depresiva, no quería torturarlo con el diálogo, fluyeron otro tipo de conversaciones y creía que estaba bien.
Habló naturalmente de planes en vacaciones y aunque la proyección a futuro suele ser pantalla en suicidas, me pareció genuino. Hice que me cargara el bolso hasta el metro porque pesaba toneladas y no puso problema, pero en realidad ahora me hace sentir culpable que yo no estuviera tampoco presente con él en ese recorrido porque estaba lidiando con mis propias angustias.
A una hora muy extraña comenzaron las decisiones radicales. Cerró redes sociales, terminó con la novia, no quiso responderle a nadie ni hablar con nadie. El primer pensamiento de todos fue que algo malo había pasado...
Le respondió a la persona más ramdom del grupo y le dijo que estaba bien, que quería tener su espacio, que tenía mucho para pensar. Todo excelentemente puntuado y desde ahí dije: ese no es él. Las teorías conspiradoras de que era la novia, de que lo habían robado, sonaban muy convincentes. Igual seguíamos sin saber qué pasaba.
Atamos cabos sueltos y todos comenzamos a recordar situaciones extrañas en su comportamiento todo ese día o por las últimas semanas. En ese momento yo ya temía lo peor y la ansiedad no me dejaba aceptar nada lógico.
Pasó un poco menos de una hora desde su arrebato (del cuál nadie entendía nada todavía) y esperamos que su familia o amigos más cercanos se contactaran con él de alguna manera, para corroborar que estaba bien o, en el peor de los casos, que por lo menos estaba vivo.
Siendo sincera, yo ya podía sentir su ausencia. No podía creer que tanto potencial, tanto talento y tantos sueños los hubiera echado a la basura por situaciones que se pueden resolver. Académicas, sentimentales, familiares, económicas... Mi excusa siempre ha sido que es mi cabecita la que no se siente bien y esa situación sí es imposible de resolver, pero él...
Al menos yo he sido constante en mi pesimismo y en mi melancolía, pensaba yo. Pero él nunca había sido esa persona que fue hoy. Él no era apresurado, él no era impulsivo, él no tildaba las palabras y todo se volvía más extraño. Él no era depresivo, él no era pesimista, él no renunciaba. ¿Por qué él pudo hacerlo y yo no? Llegué a pensar con rabia.
Era verme en una situación ajena. Que los demás no entiendan cómo te sientes, que los demás opinen sobre lo que hagas, que los demás no puedan hacer nada, que todo esté tan apartado de nuestra propia realidad, que los demás sólo vean lo bueno y juzguen sin conocer lo malo. Que les parezca débil la decisión de quitarse la vida, que sólo piensen en lo que los afecta a ellos esa decisión.
Que finalmente es una decisión de vida, porque este suceso no cambia por ejemplo mi percepción de las cosas, yo sigo siendo una persona que no tiene planes porque nada le va a funcionar, que no tiene sueños porque no los va a cumplir, que no espera llegar al cumpleaños 40 y que tal vez el momento más esperado de su vida es cuando finalmente conozca la muerte.
Entonces este día jamás será recordado como el día que sustentamos nuestro trabajo de grado, sino que será el día en el que él intentó quitarse la vida y lastimosamente no lo logró.
Se sentía que andaba bajito de nota y todos sabíamos porqué, pero de alguna manera seguía integrado a las dinámicas del grupo: riéndose, hablando... Como persona ansiosa y depresiva, no quería torturarlo con el diálogo, fluyeron otro tipo de conversaciones y creía que estaba bien.
Habló naturalmente de planes en vacaciones y aunque la proyección a futuro suele ser pantalla en suicidas, me pareció genuino. Hice que me cargara el bolso hasta el metro porque pesaba toneladas y no puso problema, pero en realidad ahora me hace sentir culpable que yo no estuviera tampoco presente con él en ese recorrido porque estaba lidiando con mis propias angustias.
A una hora muy extraña comenzaron las decisiones radicales. Cerró redes sociales, terminó con la novia, no quiso responderle a nadie ni hablar con nadie. El primer pensamiento de todos fue que algo malo había pasado...
Le respondió a la persona más ramdom del grupo y le dijo que estaba bien, que quería tener su espacio, que tenía mucho para pensar. Todo excelentemente puntuado y desde ahí dije: ese no es él. Las teorías conspiradoras de que era la novia, de que lo habían robado, sonaban muy convincentes. Igual seguíamos sin saber qué pasaba.
Atamos cabos sueltos y todos comenzamos a recordar situaciones extrañas en su comportamiento todo ese día o por las últimas semanas. En ese momento yo ya temía lo peor y la ansiedad no me dejaba aceptar nada lógico.
Pasó un poco menos de una hora desde su arrebato (del cuál nadie entendía nada todavía) y esperamos que su familia o amigos más cercanos se contactaran con él de alguna manera, para corroborar que estaba bien o, en el peor de los casos, que por lo menos estaba vivo.
Siendo sincera, yo ya podía sentir su ausencia. No podía creer que tanto potencial, tanto talento y tantos sueños los hubiera echado a la basura por situaciones que se pueden resolver. Académicas, sentimentales, familiares, económicas... Mi excusa siempre ha sido que es mi cabecita la que no se siente bien y esa situación sí es imposible de resolver, pero él...
Al menos yo he sido constante en mi pesimismo y en mi melancolía, pensaba yo. Pero él nunca había sido esa persona que fue hoy. Él no era apresurado, él no era impulsivo, él no tildaba las palabras y todo se volvía más extraño. Él no era depresivo, él no era pesimista, él no renunciaba. ¿Por qué él pudo hacerlo y yo no? Llegué a pensar con rabia.
Era verme en una situación ajena. Que los demás no entiendan cómo te sientes, que los demás opinen sobre lo que hagas, que los demás no puedan hacer nada, que todo esté tan apartado de nuestra propia realidad, que los demás sólo vean lo bueno y juzguen sin conocer lo malo. Que les parezca débil la decisión de quitarse la vida, que sólo piensen en lo que los afecta a ellos esa decisión.
Que finalmente es una decisión de vida, porque este suceso no cambia por ejemplo mi percepción de las cosas, yo sigo siendo una persona que no tiene planes porque nada le va a funcionar, que no tiene sueños porque no los va a cumplir, que no espera llegar al cumpleaños 40 y que tal vez el momento más esperado de su vida es cuando finalmente conozca la muerte.
Entonces este día jamás será recordado como el día que sustentamos nuestro trabajo de grado, sino que será el día en el que él intentó quitarse la vida y lastimosamente no lo logró.
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