Jorge Echavarria

Íbamos en la parte trasera de la van y entre nosotros no había ni un centímetro de distancia, no cabíamos. Sobrepasábamos por uno el cupo. Conversábamos en voz baja, sin ningún esfuerzo de ser íntimos, pero lográndolo. Hablar bajo con tanta cercanía es más cuestión de respeto que de decencia. Pasábamos por un lugar que no reconocíamos y dijo que estaba seguro que eso era Manrique porque alguna vez había estado en ese mismo lugar visitando una bruja. Yo me reí incrédulamente porque lo creía más racional -o esperaba que lo fuera, era el supuesto cultural que tenía respecto a los adultos mayores-. Sin hacer caso a mi burla, comenzó a contarme la historia.

Él era una persona muy exitosa en todos los aspectos de su vida: buenas relaciones familiares, con buena salud, un trabajo estable, una pareja que amaba y con la que tenía muy buen sexo. En una de esas conversaciones de catre -como lo llamó él-, ella le hablaba a veces de cómo su ex novio estaba pagando el haberla dejado, entre otras varias señales. No fue sino hasta que él también la dejó que comenzó a cambiar su vida: se quedó sin trabajo, se murieron familiares y el bolsillo era "renegado para que le llegara platica". Fue entonces cuando una hermana le ofreció llevarlo donde una bruja, la de Manrique, para que le dijera qué pasaba. La respuesta fue obvia: lo estaban amarrando. Él dice que la bruja le hizo varios baños y le rezó varias oraciones, para hasta el momento nada ha dado resultado.

Sigue sin trabajo y de eso se arrepiente, sigue sin pareja y de eso no se arrepiente, sigue sin tener plata y de eso se arrepiente, sigue viviendo con las hermanas y de eso no se arrepiente. Sigue extrañando el sexo con arpías, y no lo culpo.

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