La conquista
Las
conchas en la arena, las algas que venían con las olas, los cangrejos que se
movían junto al viento, las gaviotas que combinaban con el atardecer, todo era
como cualquier otra cosa. Colores suaves en el cielo, tropicales, entusiastas;
de formas abstractas y olores salados y frutales. Una isla, una de tantas que
conformaban Cabo Verde, en África, en la que habitaban alrededor de 300 personas.
Temperaturas entre 29 y 35 grados Celsius a principios del siglo XV. Ínsula
tranquila y con la cantidad suficiente de personas como para que Iniko nunca se
aburriera.
Iniko era una mujer despampanante y llena
de vida; no existía hombre que no la admirara, deseara o cortejara y, aunque sensata
e inteligente, también era terca y malgeniada. Estaba comenzando sus veintes. Sus
deberes estaban en el mar, recolectando pescado para la alimentación de la isla.
No trabajaba sola, así creyera que podía. Era ágil, fuerte y no existía
discriminación por su género; además, era muy tranquila y sincera, los foguenses
confiaban en ella.
Le encantaba poder trabajar en paños
mojados, se le notaba la rigidez de sus pezones mientras pescaba, se le
dibujaba en los harapos las formas de la cintura y los glúteos. Era una negra
hechicera, parecía que su propósito en la vida de los demás era hacer que la
veneraran. Muchas veces, mojada, dejaba al descubierto ese apolíneo y suave
cuerpo, esa gracia con la que lucía el negro de sus venas, el negro de su
espíritu, el negro de su tez. No le sobraban pretendientes, lo mencioné, todos
la hacían feliz con sus detalles y composiciones musicales, pero no le
interesaba ninguno. Nunca pensó demasiado en ellos, en las relaciones, o en el
sexo, por lo menos no como un problema, era demasiado soñadora para preocuparse.
Casi como una rutina, por la noche, a oscuras,
en lo tenue de un paraíso sin luna, pero que un millón de estrellas y
constelaciones alcanzaban a vislumbrar, Iniko se sentaba en el tronco de las palmeras aunque
quisiera descansar, lo hacía porque le gustaba meditar sobre sus días mientras
observaba el vacío que unía los negros y los azules en el horizonte. La penumbra
apenas dejaba distinguir sus gigantescos ojos. Disfrutaba del sonido de las
olas llegando a la playa y devolviéndose, del olor fresco de los cocos que
caían del tronco en el que estaba sentada, a lo lejos solía escuchar al loco
tocar sus instrumentos, el viento le desordenaba el cabello –más- . Ella amaba
sentir el sol en su piel ya tan ennegrecida, amaba recolectar productos del
océano, las conchitas, las algas, pero no los cangrejos.
Estaba temprano ese típico día caluroso de jueves. Iniko ya estaba recolectando el pescado y las frutas para el desayuno cuando llegó una inmensa embarcación a la costa. Todos sintieron una gran curiosidad por saber qué era lo que se acercaba, quiénes venían ahí y qué estaban haciendo en Fogo. Dejaron de hacer sus deberes y comida para esperar lejos en la costa lo que fuera que viniese con la embarcación. Personas con sombreros y muchas prendas encima se acercaron sin dubitación. Hasta se podía observar, a la distancia, una pequeña tormenta eléctrica que se acercaba. El interés de los foguenses murió en el momento en el que, por la fuerza y en cuestión de segundos, comenzaron a tomar a cada hombre, mujer y niño por el brazo y los arrastraban hasta los barcos mientras golpeaban a aquellos que se oponían. Ya solo se escuchaban los gritos de ayuda, las personas corriendo en la arena caliente, los niños llorando y el crujir de la madera de los barcos esperando zarpar.
Estaba temprano ese típico día caluroso de jueves. Iniko ya estaba recolectando el pescado y las frutas para el desayuno cuando llegó una inmensa embarcación a la costa. Todos sintieron una gran curiosidad por saber qué era lo que se acercaba, quiénes venían ahí y qué estaban haciendo en Fogo. Dejaron de hacer sus deberes y comida para esperar lejos en la costa lo que fuera que viniese con la embarcación. Personas con sombreros y muchas prendas encima se acercaron sin dubitación. Hasta se podía observar, a la distancia, una pequeña tormenta eléctrica que se acercaba. El interés de los foguenses murió en el momento en el que, por la fuerza y en cuestión de segundos, comenzaron a tomar a cada hombre, mujer y niño por el brazo y los arrastraban hasta los barcos mientras golpeaban a aquellos que se oponían. Ya solo se escuchaban los gritos de ayuda, las personas corriendo en la arena caliente, los niños llorando y el crujir de la madera de los barcos esperando zarpar.
Fue, específicamente, Freya quien vió
potencial en Iniko cuando ella intentaba liberar a uno de sus primos de estos
desconocidos. Se le acercó con fuerza y convicción por la espalda, la tomó del
cabello para obligarla a caminar. Iniko, a pesar de su agilidad, no pudo reaccionar
oportunamente a la amenaza de ella, pues su figura y su aspecto no parecían
natural, nunca había visto una criatura parecida. Con capas y capas de tela
encima, como si nunca hubiera sentido calor, Freya con movimientos ligeros la inmovilizó,
la tumbó al suelo, le gritó en un lenguaje completamente desconocido para Iniko
y la arrastró hasta la embarcación. Pasadas las horas y las luces, se
arrepintió sin descanso de haberse dejado cautivar por esa mujer.
Freya era de origen español, pero sus
padres eran nórdicos, su melena era abundante -y era de las pocas cosas que
tenía en común con Iniko, junto con los pretendientes y que los demás confiaran
en ellas-, rojiza, ondulada y áspera; su piel era blanca, muy delicada; tenía
muchas manchas pequeñas en su cuerpo, del mismo color de su cabello y la hacían
parecer muy dulce. No era tan alta como Iniko, pero vigorosa. Freya era una de
las esclavistas dirigentes de la captura de miles de africanos para llevar a
conquistar territorios desconocidos. En su país administraba la empresa de su
padre y en sus tiempos libres se dedicaba a ayudar en construcciones porque le
gustaba fortalecer su cuerpo.
A Freya le gustaba mucho leer, informarse
de todas las situaciones de su territorio, conocía de memoria los mandatos del
rey de turno y los respetaba a cabalidad. No era muy paciente, pero sabía
seguir órdenes de sus superiores. Cualquier día salió en el periódico una
invitación para hombres a unirse a la tripulación que descubriría el mundo y en
el que reinarían. Freya se presentó como
aspirante a hacer parte de la tripulación y, aunque dudaron, aceptaron
su iniciativa y extendieron la invitación en el periódico para mujeres también.
Se adaptó fácilmente a sus deberes en la embarcación, se dedicó a solo
alimentarse de pescado para acostumbrarse y sentirse lista para cuando
emprendieran su viaje.
En las noches, como vicio, solía escribir
en un cuaderno viejo que encontró en la oficina de su papá todo lo que hacía en
el día, lo que comía, cuánto tiempo trabajaba, con quién conversaba, qué le
decían, sobre lo que ella conversaba. Le gustaba plasmar su cotidianidad y
esperaba que algún día fuera importante todo lo que escribía allí, en esas
hojas desgastadas, pero llevas de experiencias de vida. No faltaba nunca al
encuentro con el papel y el carboncillo, con o sin luna, con o sin vela, con o
sin cansancio. Ella perduraría en la historia con los relatos de su existencia.
El viaje en las embarcaciones esperaba
durar un poco más de dos meses, tiempo en el que inevitablemente se establecería
una relación interpersonal entre Iniko y Freya, porque sentían que se conocían.
Iniko no tenía para donde huir, estaban en medio de la nada, no sabían porqué,
para qué ni hasta cuándo, solo les quedaba colaborar. Aunque ninguna de las dos
lo hacía por resignación, sentían una pasión la una por la otra que a veces les
nublaba el carácter y la lógica.
Siglo de descubrimientos en el continente
tanto para el universo que era Iniko con sus nuevas pensamientos acerca de la
mujer que se había convertido en la dueña de su vida, de su cuerpo, de su cariño
y de sus pensamientos, como para la luz que veían las hojas del cuadernillo de
Freya cuando ella escribía sobre la esclava de su cariño y de sus pensamientos.
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