La camiseta amarilla
Quien le quiera encontrar un sentido al escrito puede simplemente tratar de entender porqué soy lo que soy, porqué odio lo que odio, porqué huyo de lo que huyo o porqué callo lo que callo. Pero yo, que me cansé de tratar de entender todo y nunca pararé de culparme, solo busco incomodarme.
Mi memoria me ha premiado con el olvido de muchos detalles, aunque sigue quedando la esencia de la desilusión al no haber podido cambiar esta historia.
Conscientemente no recuerdo la edad que tenía, hoy puedo calcular que eran un poco más de cinco años, vivía en el mismo lugar al que perpetuamente vuelvo y mis vecinos eran mi familia. Tenía un cronograma ocupado -y ahí es cuando siento que las cosas nunca han cambiado, en realidad-, cuando no estaba en la escuela, estaba leyendo en mi casa, haciendo tareas o jugando con mis primos. La inocencia y sencillez que caracterizaría cualquier historia de una niña en una ciudad pequeña.
Tampoco podría recordar conscientemente cómo comenzó todo o porqué, pero jamás dejaré de sentir como propia la temperatura tan agradable de ese día. Solía ser así, tardes muy largas, el sol irradiando sus encantos, brisas juguetonas y las risas de los niños en la calle. Siempre olía al desastre de comer paleta de agua de limón y a la tiza con la que marcábamos el asfalto para delimitar nuestra zona de juego. Llevaba puesto un short de jean, camiseta amarilla y tenis de los que no recuerdo el color. Por alguna razón que sí perdoné, ese día todos salieron a mercar sin mí, me quedé en mi casa seguramente castigada, pero no me quedé sola, estaba con el esposo de mi tía -y digo que es su esposo y no mi tío por cuestiones de claridad y no por orgullo-. Me decía Nía, y anoche lo recordé con mucha rabia, porque en realidad nunca me gustó que me dijera así. Estaba cansada de jugar en la calle, entonces entré a la casa a tomar agua y lo vi sentado en una silla del comedor leyendo el periódico. Después de burlarse de mí por tener los cachetes colorados, me llamó a su lado, así que terminé de tomarme el agua del vaso de vidrio, del que no tenía permitido tomar, y corrí a sentarme en sus piernas mientras el seguía leyendo. Me apretó el cachete en complicidad, como me imagino que haría una abuela -me imagino, porque no tengo- y me besó la frente. No quise preguntarle qué estaba leyendo, y en cambio comencé a chismosear. Leí los titulares más grandes y nada llamó mi atención, traté de vengarme de la burla diciéndole que leía cosas muy aburridas, e intenté bajarme de sus piernas. Él me retuvo travieso entre sus dos muslos para que yo tuviera que luchar para salir de ahí, y obviamente nuestras fuerzas no eran comparables, no logré salir. Entre risas y súplicas porque me dejara ir cerró el periódico, lo puso sobre la mesa, me cargó de vuelta a sus piernas y me preguntó porqué quería irme. Mi respuesta no fue importante y mirando hacia la puerta de la entrada, comenzó a sobarme la pierna. su voz me sonaba lejana porque solo podía pensar en lo mucho que quería salir a seguir jugando. No paraba de hablar, cada vez más lento, sin mirarme aún, y sobando ahora un poco más arriba. No fue claro cuándo paró de hablar, ni cuánto siguió subiendo su mano. Pero sí fue claro que comenzó a mirar lo que su mano sobaba, que hablaba muy bajito, su corazón estaba agitado y me retenía con fuerza. Fue muy claro cuando sintió que sus hijos llegaban corriendo con las bolsas del mercado en la mano.
Mi memoria me ha premiado con el olvido de muchos detalles, aunque sigue quedando la esencia de la desilusión al no haber podido cambiar esta historia.
Conscientemente no recuerdo la edad que tenía, hoy puedo calcular que eran un poco más de cinco años, vivía en el mismo lugar al que perpetuamente vuelvo y mis vecinos eran mi familia. Tenía un cronograma ocupado -y ahí es cuando siento que las cosas nunca han cambiado, en realidad-, cuando no estaba en la escuela, estaba leyendo en mi casa, haciendo tareas o jugando con mis primos. La inocencia y sencillez que caracterizaría cualquier historia de una niña en una ciudad pequeña.
Tampoco podría recordar conscientemente cómo comenzó todo o porqué, pero jamás dejaré de sentir como propia la temperatura tan agradable de ese día. Solía ser así, tardes muy largas, el sol irradiando sus encantos, brisas juguetonas y las risas de los niños en la calle. Siempre olía al desastre de comer paleta de agua de limón y a la tiza con la que marcábamos el asfalto para delimitar nuestra zona de juego. Llevaba puesto un short de jean, camiseta amarilla y tenis de los que no recuerdo el color. Por alguna razón que sí perdoné, ese día todos salieron a mercar sin mí, me quedé en mi casa seguramente castigada, pero no me quedé sola, estaba con el esposo de mi tía -y digo que es su esposo y no mi tío por cuestiones de claridad y no por orgullo-. Me decía Nía, y anoche lo recordé con mucha rabia, porque en realidad nunca me gustó que me dijera así. Estaba cansada de jugar en la calle, entonces entré a la casa a tomar agua y lo vi sentado en una silla del comedor leyendo el periódico. Después de burlarse de mí por tener los cachetes colorados, me llamó a su lado, así que terminé de tomarme el agua del vaso de vidrio, del que no tenía permitido tomar, y corrí a sentarme en sus piernas mientras el seguía leyendo. Me apretó el cachete en complicidad, como me imagino que haría una abuela -me imagino, porque no tengo- y me besó la frente. No quise preguntarle qué estaba leyendo, y en cambio comencé a chismosear. Leí los titulares más grandes y nada llamó mi atención, traté de vengarme de la burla diciéndole que leía cosas muy aburridas, e intenté bajarme de sus piernas. Él me retuvo travieso entre sus dos muslos para que yo tuviera que luchar para salir de ahí, y obviamente nuestras fuerzas no eran comparables, no logré salir. Entre risas y súplicas porque me dejara ir cerró el periódico, lo puso sobre la mesa, me cargó de vuelta a sus piernas y me preguntó porqué quería irme. Mi respuesta no fue importante y mirando hacia la puerta de la entrada, comenzó a sobarme la pierna. su voz me sonaba lejana porque solo podía pensar en lo mucho que quería salir a seguir jugando. No paraba de hablar, cada vez más lento, sin mirarme aún, y sobando ahora un poco más arriba. No fue claro cuándo paró de hablar, ni cuánto siguió subiendo su mano. Pero sí fue claro que comenzó a mirar lo que su mano sobaba, que hablaba muy bajito, su corazón estaba agitado y me retenía con fuerza. Fue muy claro cuando sintió que sus hijos llegaban corriendo con las bolsas del mercado en la mano.
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