Morcilla
No he sido amante de la carne, sin embargo como algunas cosas que a mi parecer son deliciosas. Cuando era pequeña, la morcilla era una de esas comidas y me gustaban porque no sabía ni cómo la hacían ni qué parte de qué animal era. Y bueno, dejó de ser una de esas comidas cuando me di cuenta.
Pero sigue siendo evento y tema de conversación la manera en la que le hice entender a mi familia que no iba a volver a comer morcilla. Me encantaba y la comía con todo hasta que vi cómo la hacían y dije: hasta aquí. No quería herir los sentimientos de nadie y no estaba segura de que fuera algo que uno podía rechazar, por lo que la siguiente vez que me sirvieron morcilla, intenté intercambiarla con alguien más en la mesa, intenté convencerlos de que estaba llena, intenté chantajear a un primo para lavarle el plato si se la comía, pero él ya también estaba asqueado (los dos habíamos visto lo mismo).
Cerca al comedor estaba el bifé, como buen hogar paisa, y es este mueble de madera en el que se guarda la vajilla "de lujo". Pues cuando todos terminaron y se pararon de la mesa, yo precavidamente puse la morcilla dentro de uno de los cajones del bifé y me fui contenta a lavar el plato. Nadie nunca me dijo nada y hasta me sentía mal porque seguramente no se habían dado cuenta incluso varios meses después.
Me mudé, me gradué, hice de todo y en alguna reunión familiar en la que volví a ese lugar, comenzaron a hacer el chiste de que no me sirvieran morcilla porque ya no estaba el bifé para que la guardara ahí. En resumen, claro que se dieron cuenta, no pronto, pero se dieron cuenta. Cuando mi tía la encontró ya estaba tostada y seguramente hasta con hongos. Dijo que no me regañó porque ya había pasado mucho tiempo, pero que estaba segura que había sido yo. Les quedó absolutamente claro que nunca más iba a comer morcilla, con mi propio método. Ya es un chiste y nunca falta en reuniones familiares.
Pero sigue siendo evento y tema de conversación la manera en la que le hice entender a mi familia que no iba a volver a comer morcilla. Me encantaba y la comía con todo hasta que vi cómo la hacían y dije: hasta aquí. No quería herir los sentimientos de nadie y no estaba segura de que fuera algo que uno podía rechazar, por lo que la siguiente vez que me sirvieron morcilla, intenté intercambiarla con alguien más en la mesa, intenté convencerlos de que estaba llena, intenté chantajear a un primo para lavarle el plato si se la comía, pero él ya también estaba asqueado (los dos habíamos visto lo mismo).
Cerca al comedor estaba el bifé, como buen hogar paisa, y es este mueble de madera en el que se guarda la vajilla "de lujo". Pues cuando todos terminaron y se pararon de la mesa, yo precavidamente puse la morcilla dentro de uno de los cajones del bifé y me fui contenta a lavar el plato. Nadie nunca me dijo nada y hasta me sentía mal porque seguramente no se habían dado cuenta incluso varios meses después.
Me mudé, me gradué, hice de todo y en alguna reunión familiar en la que volví a ese lugar, comenzaron a hacer el chiste de que no me sirvieran morcilla porque ya no estaba el bifé para que la guardara ahí. En resumen, claro que se dieron cuenta, no pronto, pero se dieron cuenta. Cuando mi tía la encontró ya estaba tostada y seguramente hasta con hongos. Dijo que no me regañó porque ya había pasado mucho tiempo, pero que estaba segura que había sido yo. Les quedó absolutamente claro que nunca más iba a comer morcilla, con mi propio método. Ya es un chiste y nunca falta en reuniones familiares.
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