Aleja

He sentido celos dos veces en mi vida: la primera decidí que no quería volver a sentir eso jamás y cambié completamente la manera de ver mi mundo; la segunda fue con Aleja.

Nada era usual, nada era monótono, esa vieja era increíblemente hermosa, lanzada y supremamente inteligente y ambiciosa. Nos conocimos rumbeando tres días seguidos en una discoteca gay en la que el primo de mi ex celebró, en esos tres días, su cumpleaños. Flechada a primera vista, me di a la tarea de hacer con ella que valiera la pena y el cansancio. Besaba rico, bailaba rico, sonreía rico, tomaba moderamente, no fumaba, estaba soltera, estudiaba en mi universidad y le encantaban las mujeres. Yo aposté a que ganaba.

Todo fue muy rápido y en un momento de mi vida donde no quería tener mucho en la cabeza, ni en el corazón. Mi cuerpo estaba hecho luto y mi alma estaba muy lejos de aquí. No me importó nada todas las mentiras, todas las máscaras. Seguro porque no era completamente yo fue que sentí con ella lo que pensé que nunca volvería a sentir: necesidad de poseer.

Dije tantas mentiras que no le creía nada de lo que me decía. La engañé tantas veces que nunca estuve tranquila. Quería saber qué hacía, con quién y por qué no conmigo. Quería agotar. Agotarla a ella, agotarle a los fletes, agotarme, desahogarme, ocuparme, olvidarme de la realidad. Tuvimos sexo con rabia, con desconfianza, por necesidad, por venganza.

Ella se enteró de la mentira que había desencadenado toda la bola de nieve y me tiró como a un perro. Quise tener dignidad y no arrepentirme de mi estupidez. No me arrepiento, no le agradezco. La veo en todas partes y me da rabia lo que me hizo sentir. Igual mi pensamiento es el mismo: menos mal ya no estamos juntas porque, ¿ustedes se imaginan la clase de locura en la que estaríamos ahora?

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