Vale
Ella tenía apenas trece años cuando no dormimos durante toda una noche por descubrir cuerpos que conocíamos, por besarnos, mordernos, jugar a que sabíamos lo que estábamos haciendo.
Aventurándonos entre inocencia y malicia, resolvimos la manera en que nuestra familia no percibiría esta nueva relación en la que estábamos cada vez más interesadas.
Ya no teníamos que hablar al respecto, con la mirada sabíamos que esa noche íbamos a dormir juntas, con el abrazo fuerte apretando la cadera sabíamos que esa noche no íbamos precisamente a dormir.
Nuestros encuentros eran esporádicos, pero nunca repentinos. Poco planeados y estaba bien así, no hacía falta más.
En cada oportunidad explorábamos cosas nuevas, nos contábamos nuestras nuevas ambiciones, nos burlábamos de nuestros nuevos problemas. Nos íbamos cambiando un poco la una a la otra.
La familia se reunía constantemente, actuábamos como las primas que debíamos ser, nos encerrábamos en una habitación diez minutos y nadie nunca sospechaba nada.
Fuimos perdiendo la pena, la angustia, el pudor, el respeto, la decencia. Dábamos pequeñas pistas de lo que hacíamos, dejábamos rastro, nos dejábamos ver.
Ella fue perdiendo el horizonte, o eso suele parecerme a mí. Nos enamoramos, nos ilusionamos, nos rompimos el corazón, volvimos a intentarlo.
Nos quisimos como nos dió la gana, todas las veces que nos dió la gana. Dejamos de ser familia para convertirnos en el alma gemela de la otra. Culpables no nos hemos sentido y ya no nos sentiremos.
Me condena -y no sé hasta qué grado eso sea bueno- que ella haya descubierto su sexualidad conmigo, que la haya experimentado conmigo, que haya tomado la decisión de convertirse en el hombre que siente que es, estando conmigo.
Aventurándonos entre inocencia y malicia, resolvimos la manera en que nuestra familia no percibiría esta nueva relación en la que estábamos cada vez más interesadas.
Ya no teníamos que hablar al respecto, con la mirada sabíamos que esa noche íbamos a dormir juntas, con el abrazo fuerte apretando la cadera sabíamos que esa noche no íbamos precisamente a dormir.
Nuestros encuentros eran esporádicos, pero nunca repentinos. Poco planeados y estaba bien así, no hacía falta más.
En cada oportunidad explorábamos cosas nuevas, nos contábamos nuestras nuevas ambiciones, nos burlábamos de nuestros nuevos problemas. Nos íbamos cambiando un poco la una a la otra.
La familia se reunía constantemente, actuábamos como las primas que debíamos ser, nos encerrábamos en una habitación diez minutos y nadie nunca sospechaba nada.
Fuimos perdiendo la pena, la angustia, el pudor, el respeto, la decencia. Dábamos pequeñas pistas de lo que hacíamos, dejábamos rastro, nos dejábamos ver.
Ella fue perdiendo el horizonte, o eso suele parecerme a mí. Nos enamoramos, nos ilusionamos, nos rompimos el corazón, volvimos a intentarlo.
Nos quisimos como nos dió la gana, todas las veces que nos dió la gana. Dejamos de ser familia para convertirnos en el alma gemela de la otra. Culpables no nos hemos sentido y ya no nos sentiremos.
Me condena -y no sé hasta qué grado eso sea bueno- que ella haya descubierto su sexualidad conmigo, que la haya experimentado conmigo, que haya tomado la decisión de convertirse en el hombre que siente que es, estando conmigo.
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